26
2012
Cuestión de gustos
Por: Pedro Ghinaglia. Licenciado en Filosofía, Fotógrafo, Diseñador Gráfico y escritor
Unos días atrás, leí por casualidad el lema “You can only be as good as your taste” (sólo puedes ser tan bueno como tus gustos) e inmediatamente pensé, “Si es cierta esta consigna entonces soy impresionantemente bueno”. Es lógico creer que cualquiera podría identificarse con tal idea dado que aún no he conocido a nadie que se jacte de tener tan pésimo gusto que esto interfiera negativamente en su capacidad creativa.
Entonces, si para cuantificar el alcance de nuestra habilidad para crear algo hace falta valorar primero nuestro sentido del gusto, no creo que ahora sea más fácil para nosotros entender cuán buenos somos. Sólo porque nos gustan ciertas cosas o la manera en que están hechas no quiere decir que seamos capaces de hacerlas igualmente bien.
¿Podemos medir u objetivar de qué modo nuestros gustos favorecen nuestra creatividad? No lo creo. Lo que sí es cierto es que nuestros gustos pueden esbozar una tendencia propia en cuanto a la manera que tenemos para hacer las cosas. Nuestro gusto puede hablar de aquello que nos influencia y de nuestro estilo, lo cual hace que las cosas resulten –mal o bien- cosa nuestra. Está claro que varios factores influirán siempre en el resultado de nuestro trabajo; por ejemplo, el conocimiento que tengamos al respecto, nuestra destreza en el manejo de determinadas herramientas, la experiencia acumulada y también nuestra imaginación.
El papel de la introspección
Confieso que saber cuán bueno soy en un campo determinado es una duda que me planteo muy a menudo. Supongo que la mayoría de ese 41% de freelancers y autónomos inscritos en la plataforma de ProjectLinkr y que cuyas áreas de trabajo (Diseño, Media, Artes, Comunicación y Letras) implican el desarrollo directo de su actividad basados en la creatividad, se cuestionan con cierta frecuencia cuán buenos son en lo que hacen, sobre todo porque, como es lógico pensar, les concierne fortalecer su confianza y seguridad en su propio talento.
Pero en el fondo no se trata de saber cuán buenos somos sino de entender lo buenos que podemos llegar a ser cuando hacemos algo. Si bien es cierto que nuestro gusto es una colección de modelos a los que apunta nuestra capacidad de hacer las cosas, al mismo tiempo puede convertirse en un cúmulo de paradigmas; de límites bajo los cuales se desarrolle nuestra creatividad. De ahí que el gusto practique un doble rol según el cual aquello que te inspira juegue también el papel de un freno o un tope con respecto a tu creatividad.
Modestia aparte, alguna vez he hecho cosas francamente impresionantes. Lo que me ha ayudado a darme cuenta de ello ha sido, más allá de mis gustos, en primer lugar, el nivel de satisfacción personal tras el resultado de alguno de mis trabajos. En segundo lugar, el grado de aceptación que ha tenido pero también la opinión de algunas personas cuyo criterio considero con respeto debido a que su trabajo hace juego con mis gustos, de modo que me inspiran la necesidad de que el resultado de mi trabajo pueda contagiar a otros de la misma manera que el trabajo de ellos ha logrado calar en mí. Esto último resulta un gran indicador para saber en qué medida el producto final está mejor o peor logrado.
Así, nuestro gusto no es sino el reflejo de aquellas cosas que nuestra imaginación arregla dentro de nosotros de manera que podamos vernos identificados con el deseo de adueñarnos de ello, de apropiarnos de aquello capaz de mover y conmover de la misma manera que nos ha cautivado. Por eso reclamamos que se reconozca nuestra autoría sobre las cosas que hemos creado. Nuestro gusto describe nuestro deseo, pero también la manera en que intuimos que somos capaces de llevar algo a cabo.
Entonces, ¿podemos ser sólo tan buenos como dicta nuestro gusto? No estoy seguro. En el fondo creo que estamos condenados a ser tan buenos en algo como ansiemos serlo, siempre que nos esforcemos en sacar el mayor provecho de nuestro talento.
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26
2012
Cuestión de gustos
Por: Pedro Ghinaglia. Licenciado en Filosofía, Fotógrafo, Diseñador Gráfico y escritor
Unos días atrás, leí por casualidad el lema “You can only be as good as your taste” (sólo puedes ser tan bueno como tus gustos) e inmediatamente pensé, “Si es cierta esta consigna entonces soy impresionantemente bueno”. Es lógico creer que cualquiera podría identificarse con tal idea dado que aún no he conocido a nadie que se jacte de tener tan pésimo gusto que esto interfiera negativamente en su capacidad creativa.
Entonces, si para cuantificar el alcance de nuestra habilidad para crear algo hace falta valorar primero nuestro sentido del gusto, no creo que ahora sea más fácil para nosotros entender cuán buenos somos. Sólo porque nos gustan ciertas cosas o la manera en que están hechas no quiere decir que seamos capaces de hacerlas igualmente bien.
¿Podemos medir u objetivar de qué modo nuestros gustos favorecen nuestra creatividad? No lo creo. Lo que sí es cierto es que nuestros gustos pueden esbozar una tendencia propia en cuanto a la manera que tenemos para hacer las cosas. Nuestro gusto puede hablar de aquello que nos influencia y de nuestro estilo, lo cual hace que las cosas resulten –mal o bien- cosa nuestra. Está claro que varios factores influirán siempre en el resultado de nuestro trabajo; por ejemplo, el conocimiento que tengamos al respecto, nuestra destreza en el manejo de determinadas herramientas, la experiencia acumulada y también nuestra imaginación.
El papel de la introspección
Confieso que saber cuán bueno soy en un campo determinado es una duda que me planteo muy a menudo. Supongo que la mayoría de ese 41% de freelancers y autónomos inscritos en la plataforma de ProjectLinkr y que cuyas áreas de trabajo (Diseño, Media, Artes, Comunicación y Letras) implican el desarrollo directo de su actividad basados en la creatividad, se cuestionan con cierta frecuencia cuán buenos son en lo que hacen, sobre todo porque, como es lógico pensar, les concierne fortalecer su confianza y seguridad en su propio talento.
Pero en el fondo no se trata de saber cuán buenos somos sino de entender lo buenos que podemos llegar a ser cuando hacemos algo. Si bien es cierto que nuestro gusto es una colección de modelos a los que apunta nuestra capacidad de hacer las cosas, al mismo tiempo puede convertirse en un cúmulo de paradigmas; de límites bajo los cuales se desarrolle nuestra creatividad. De ahí que el gusto practique un doble rol según el cual aquello que te inspira juegue también el papel de un freno o un tope con respecto a tu creatividad.
Modestia aparte, alguna vez he hecho cosas francamente impresionantes. Lo que me ha ayudado a darme cuenta de ello ha sido, más allá de mis gustos, en primer lugar, el nivel de satisfacción personal tras el resultado de alguno de mis trabajos. En segundo lugar, el grado de aceptación que ha tenido pero también la opinión de algunas personas cuyo criterio considero con respeto debido a que su trabajo hace juego con mis gustos, de modo que me inspiran la necesidad de que el resultado de mi trabajo pueda contagiar a otros de la misma manera que el trabajo de ellos ha logrado calar en mí. Esto último resulta un gran indicador para saber en qué medida el producto final está mejor o peor logrado.
Así, nuestro gusto no es sino el reflejo de aquellas cosas que nuestra imaginación arregla dentro de nosotros de manera que podamos vernos identificados con el deseo de adueñarnos de ello, de apropiarnos de aquello capaz de mover y conmover de la misma manera que nos ha cautivado. Por eso reclamamos que se reconozca nuestra autoría sobre las cosas que hemos creado. Nuestro gusto describe nuestro deseo, pero también la manera en que intuimos que somos capaces de llevar algo a cabo.
Entonces, ¿podemos ser sólo tan buenos como dicta nuestro gusto? No estoy seguro. En el fondo creo que estamos condenados a ser tan buenos en algo como ansiemos serlo, siempre que nos esforcemos en sacar el mayor provecho de nuestro talento.
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